CON GALLITO SE EXTINGUEN LAS ESCUELAS
ANTIGUAS. PODRÍA LLAMÁRSELE EL PRIMERO Y ÚLTIMO REY DE LA EDAD MODERNA DEL
TOREO.
Un gráfico de la curva del toreo,
semejante a esos que, en la cabecera de los enfermos, ilustran al médico del
curso de la fiebre, señala a los ojos del crítico, en Joselito-Belmonte el
grado más alto de la fiebre taurina. El vértice de estos dos nombres determina la
cima más eminente de la
Historia. En él llega la fiesta de toros a su mayor
desarrollo; la afición, a su volumen máximo, y el ambiente, a lo que ahora se
llama el “punto neurálgico”.
Jamás han alcanzado tal intensidad la
pasión y el partidismo, factores principales del entusiasmo.
Es porque en ese instante coinciden,
como por un secreto designio de la Naturaleza , el artista en cuyas manos van a
extinguirse las normas antiguas—con toda su vieja retahíla de previsiones y
preceptos—y el orfebre que va a moldear el toreo moderno.
Y resulta curioso e impresionante a la
vez, para el técnico escudriñador como para el espectador superficial, el doble
esfuerzo del uno, pretendiendo asimilarse cuanto hay de intenso en las nuevas
prácticas, y del otro, buscando en la vieja preceptiva un poco de basamento
para el equilibrio, todavía inestable, de sus arriesgadas teorías. Es, en suma,
de un lado el estímulo de Gallito en la copia de Belmonte—de quien había
captado modos y calidades para su toreo de capa—y de otro lado la atención de
Belmonte, suspensa tantas tardes de la táctica de Gallito, para procurarle a su
plan, atrevido y revolucionario, defensas y retiradas que lo hicieran viable en
la ejecución, cuando ya sus actuaciones se contaban al año por centenares...
En pleno tránsito de lo que pudiera
llamarse edad media del toreo a la edad moderna, le sorprende la muerte a
Gallito, predestinado, sin duda, al fin de los adalides de la escuela
sevillana, precisamente cuando las viejas escuelas van a desaparecer; cuando el
gran río del arte que se bifurcaba, por la derecha en la escuela sevillana y en
la escuela rondeña por la izquierda—ya un tanto entremezcladas—, iba a salirse
de madre y a entrar, por el imperio de Belmonte, en un nuevo y distinto
cauce...
Entre tanto, como su muerte, es también
su vida, la de los grandes figurones de la época clásica. Gallito es el jerarca
de la fiesta. Manda en ella, la guía, la sojuzga. Reina, en fin. Y el día de la
tragedia, ese nefando 16 de mayo del 20, nuestra pluma redacta el siguiente
panegírico:
¡El rey del toreo!... No se hable de
hipérbole, que estamos en los barruntos de la cuarta dimensión, y nunca más
difícil medir lo que va de lo hiperbólico a lo discreto y aun a lo sobrio.
¡El rey del toreo!... No se hable de
plagio, que corren tiempos iconoclastas, y los dogmas de los maestros sufren
las mayores condenaciones, a punto que no suele ser "Roque a secas",
en boca de los discípulos, aquel a quien proclamaron y consagraron rey los
maestros.
Ni hipérbole ni plagio. Y menos aún
elogio póstumo; alabanza de letanía "cocodrilesca", ensartada en la
obligada necrología.
Es que ningún título, sino el de rey,
cuadraba a ese mozo, en quien a los veintitrés años, cuando otros nacen a la
vida profesional, culminaba la suya en una apoteosis de fortaleza, de
bienestar, de popularidad...
¡El rey del toreo! Y bien que rey...
¿Qué hoja del árbol taurino se movía sin su previo consentimiento?
¿Quién, desde el más alto puesto de un
oficio, de una profesión, de una carrera, de un arte, extendió el radio de su
inteligencia a la gobernación de los demás con tanto acierto? Crecían bajo su
alta inspección las reses en los cerrados; con su alto consejo se combinaban,
más de una vez, para ser jugadas; con su bélico impulso se organizaban los
espectáculos, y era al influjo de sus excepcionales dotes, furiosamente
discutidas y calurosamente admiradas, como esos espectáculos adquirían un
relieve y una animación inusitadas, tal vez sin par en los anales de la fiesta.
El toro, el ganadero, el empresario, las
plazas y los toreros, eran cinco enunciados pendientes de los cinco dedos de la
diestra mano de ese rey. Él hacía la afición: el pueblo taurino; él fomentaba y
gobernaba el toreo: la industria.
Si muriese este rey del toreo, y un mal
día la muerte agarrotase su mano soberana, ¿cuál no sería, por mucho tiempo, el
desconcierto del pueblo? ¿Que de las fiestas de toros, sin discusiones, sin
calor, sin efervescencia?
¿Qué de esas ferias provincianas, en las
que la corrida de toros, si es "gran corrida", remueve la vida
económica de la ciudad, y, fiesta de luz y de oro, es también chorro de oro lo
que derrama sobre las fábricas y los comercios?...
¡Si muriese el rey! ¡Ah! Pero ¡si
muriese de muerte natural! Porque, en el otro terreno, en el de su lucha con
las reses bravas, éste, a quien alguien llamaba "el español que mejor sabe
su oficio", debía ser invulnerarable!
Acaso él, el sabio, el inteligente, el
que en el coso ponía el corazón al servicio de la cabeza, ¿podía concluir como
aquellos que sometieron la cabeza a los ciegos impulsos del corazón?
¡Ni soñarlo!... Vedlo una y otra tarde
juguetear con el enemigo, y serenamente, sonriendo de su propia suficiencia, burlarle
allí donde más riesgo ofrece. Y ved al público entero reír, admirado de la
sapiencia del artista.
¡Qué tonto el bruto! ¡Qué listo el
hombre!...
Vedle otro día, en los brazos amorosos
de sus deudos, despedirse al tomar el coche para la Plaza , sin más emoción que
una despedida cualquiera.
—A José—decía en una ocasión su madre—no
le coge el toro como no venga a la fonda...
— Y "pa" eso—corrigió alguien—si entra sin
avisar. Vedlo, en fin, en un día de desgracia, deshaciéndose fácilmente de un puñado de enemigos de todas
las condiciones...
¿Y este rey del toreo
iba a morir en las astas de un toro?
Tendrían primero que
volar los bueyes y ser uno de ellos, además de volador, malintencionado y
astuto, para tomarse de burlado en burlador y sorprender al avispadísimo torero...
¡La Plaza de Talavera de la Reina , un pequeño rincón de
sus vastos dominios, coso humilde, palenque de pequeñas lizas, campo de ligeras
escaramuzas, que no de las grandes batallas taurinas!
Allá estaba el rey del
toreo, junto a la valla, arreglando los trebejos de su oficio y, de paso,
avizorando los movimientos de aquel quinto torete de Ortega, que achuchaba a
los banderilleros. ¡Qué pequeño! Pero ¡qué nervioso! ¡Y cómo se defendía!...
Alguna vez el rey miraba
a las barreras; buscaba las caras de sus amigos y compañeros de excursión, y
les guiñaba el ojo picarescamente, como diciendo:
—Vaya con el animalejo,
¿eh? Pequeño; pequeño, pero... "guasón".
Y fuese a él y le
ofreció aquella su muleta mágica, que, unas veces, extendida en un gracioso y
acompasado ir y venir, llevó embebidos, ciegos en ella, tantos y tantos toros
bravos; que, otras veces, haciéndoseles presente en el hocico y pasando
rápidamente al costillar, rompió y quebrantó el poderío de reses poderosísimas;
que otras, en fin, fué y vino, y subió y bajó, y aun giró en torno de la
cintura del diestro, en pintureras contorsiones de pájaro.
Bronco, y nervioso,
dudaba el toro al embestir... Y el diestro, batiendo el engaño por la cara de
la res, una, dos, tres, acaso seis veces, sintió en su alrededor a un peón, que
iba en su auxilio:
—
¡Quítate, que ya lo he dominado.
Y se distanció dos pasos, a alisar la
muleta, que en la brusca faena con la fiera habíase plegado. Y fué entonces— ¡maldito
buey, astuto, volador, capaz de usar de las alas y de la astucia! —, que el
toro se arrancó contra el diestro, velozmente, con aquella nerviosidad que mostrara
en todo momento, y lo levantó por una pierna.
Y fué en el aire, cuando campaneaba al
torero, en el instante en que debió hundirle certeramente el puñal; el mismo
puñal que antes hundiera certeramente en el pecho de los caballos...
Dio en tierra el hombre. Trató de
incorporarse. Contempló, con espanto y con dolor, su vientre abierto. Y debió
de ser la rigidez de la muerte, aquella en que quedaba inanimado y contraído el
cuerpo...
¡Que había muerto el rey del toreo!...
¿Asombro? ¿Sorpresa? ¿Indignación? ¿Condolencia?...
Mucho de todo ello reflejose en la cara,
en los gestos, en las palabras de los hombres de todas las condiciones; de las
más opuestas psicologías.
¡Y aquellas muchachitas llorosas a la
puerta de la plaza!
¡Y aquellos gitanos de la Cava de Talavera que, demudado
el semblante, iban de un lado a otro, sin llegar a ninguno! ¡Y aquel ex matador
de toros que, en una nueva fase de su vida, de matador a carnicero, los desollaba,
y apartaba de vez en cuando la vista de su trabajo y esgrimía el cuchillo, y se
preguntaba si era posible que allí en un rincón, en una escaramuza ligera,
muriese el rey de los toreros!...
Pensaba el ex torero, a buen seguro,
como antiguo soldado de la torería, que de morir el rey, debiera morir en las
gradas del trono y librando la batalla más enconada; que otra cosa, fuera tan
desesperante como si el vencedor de Jena pereciera vulgarmente en una cacería
de patos, víctima de la mala puntería de un cazador.
Allí, en un rincón de la pequeña Plaza,
yacía, de cuerpo presente, el rey del toreo, joven, fuerte, robusto. Pero sin
vida...
Allí había muerto. Cara al cielo, no
había, en su último descanso, perdido la majestad de su apostura. Sin manchas
de sangre; sin contracciones ni muecas; plácido y sonriente el rostro; que,
sonriente y plácido ante tantos riesgos de la vida, no quiso negarle a la
muerte su sonrisa... Y buena la muerte, que acababa de ser tan mala, respetó el
amable gesto del diestro, en el que se miraban llorando los demás...
Del cadáver se descolgaba el brazo
derecho; horror de vida aquellos
dedos que manejaban y sostenían todo el toreo
de su tiempo...
FUENTE: Grandezas y Miserias del Toreo…
César Jalón “Clarito”.
