CAPÍTULO VI
El Rejoneo Profesional
“Un torero no es un
payaso, ni un actor bufo y mucho menos lo es un caballero tauromáquico, porque
estos representan a los antiguos caballeros, que por su origen, deben asumir la
responsabilidad moral que les corresponde”
Fernando Sommer D’ Andrade
Es Imprescindible que sea conocida, entendida y
asimilada por todo aquel que presencie una corrida de rejoneo la manera legítima
de torear a caballo y que tenga claro que el rejoneo genuino, el que se ciñe a
las normas, entraña toda una técnica, tanto ecuestre como tauromáquica, ambas
de primordial importancia, que solo se logran con un sistemático y meticuloso
entrenamiento que únicamente es adquirido por profesionales, es decir por
quienes se dedican de tiempo completo al rejoneo, por otro lado el toreo a
caballo entraña una mística de honestidad que es indispensable para los
rejoneadores y que rige su comportamiento dentro de su profesión. En cambio “El
rejoneo improvisado” (así entre comillas), no es más que el usurpamiento de una
profesión, un grotesco juego de malos aficionados con deseos de sentirse
admirados y que con el afán de sobresalir no hacen más que el ridículo, porque
no basta ser un señorito adinerado o un iluso que tenga y mantenga cierto
número de caballos, sin dominio sobre sus monturas y sin idea de la lidia, para
asumir la responsabilidad de un rejoneador profesional, lo que no es cosa de
juego, ni de aficionados, ya que salir a una plaza con caballos sin control y
sin adiestramiento a fondo, pasando a la trágala, sorprendiendo a los toros sin
dejarse ver, sin plantear las suertes, sin templar, ni torear, sin ligar las
suertes y amparándose en las tablas sistemáticamente, para terminar la lidia
matando a mansalva o por medio de un sobresaliente. (Torero de a pie del que se sirven algunos rejoneadores para que maten
sus toros en caso que ellos no sean capaces de hacerlo). Definitivamente es
un fraude.
En contrapunto, el rejoneo de verdad es el que
se hace siguiendo las normas del buen torear, es decir, mandando sobre las
cabalgaduras, colocando los toros, dejándose ver de estos, caminándoles,
aguantando hasta llegarles a la distancia para hacerles embestir y poder
consumar las suertes rematándolas para demostrar el mando, tanto sobre el
caballo como sobre el toro, así de sencillo, pero al mismo tiempo así de
complicado, complicadísimo para un caballerete que no pueda con los caballos,
que no entienda a los toros o que flaquee delante de estos.
Hay la misma diferencia entre un rejoneador
profesional y un “clava fierros”, que la que hay entre un matador profesional y
un aficionado práctico. Por lo que para que el rejoneo alcance el nivel
profesional que merece, el público debe por respeto a los valores de la fiesta,
exigir calidad y profesionalismo en los rejoneadores y rechazar a los
improvisados y a los ventajosos.
En esta cruzada por la dignificación del
rejoneo, que es la raíz de la tauromaquia, los medios de comunicación tienen
una responsabilidad que deben asumir, siempre y cuando estén dispuestos a
orientar al público anteponiendo la verdad al interés mezquino, simplemente
poniendo a cada cual en su lugar y dejar de lado favoritismos.
Puede parecer intrascendente programar a un
“clava fierros” , es decir a un aficionado en un cartel, sin embargo estos
usurpadores hacen mucho daño al rejoneo, así como las empresas que los
contratan, que con la falsa esperanza de ahorrarse unos pesos, porque es el
caso que estos improvisados personajes o regalan el toro que van a “lidiar” o no
cobran sueldo o se contratan por “cuartilla” y los resultados, que
aparentemente son beneficiosos resultan contraproducentes, ya que el
ambicionado ahorro se va al traste por el deprimente espectáculo de los maletas sin oficio, que más pronto que
tarde alejan al público de las plazas, lo que ocasiona pérdidas a las empresas
y desprestigio al rejoneo y a los rejoneadores, a todo parejos.
Creo que es tiempo que las empresas se
profesionalicen y se convenzan que la fiesta es para PROFESIONALES y solo ellos
pueden aportar dividendos, también deben entender que montar una corrida
barata, con toros de procedencia dudosa o toreros mediocres solo puede resultar
en una pachanga que menoscaba el espectáculo y deteriora la fiesta, porque una
corrida sin calidad es aburrida y grotesca.
