De los machos a la montera
TOROS Primera alternativa de un mallorquín en 27 años
EL MUNDO acompaña a Jesús López en el ritual de vestirse de luces para su doctorado
EL MUNDO DE LAS BALEARES
Por: Tolo Payeras
Corresponsal en Palma de Mallorca
Por: Tolo Payeras
Corresponsal en Palma de Mallorca
Marcos Torío/Inca
Jesús
López León mira largo, hacia el infinito de la concentración. Sus ojos
van lejos, fijos, para verse por dentro y que nada le perturbe antes de
ponerse delante de Encendedor, el toro con el que toma la alternativa en
la plaza de toros de Inca.
Son
las cinco de la tarde y la barra de Can Guillem despacha cafés a
hombres en camiseta y bañador con hechuras de matador. Las cuadrillas
vuelcan el azúcar en el vaso, mueven la cucharilla y hablan poco. Las
cabezas están en la plaza. Jesús ha llegado, pero se ha marchado a
caminar, a correr, no se sabe muy bien, porque en definitiva se trata de
alejar la mirada para hormigonarse por dentro. Despejarse para
concentrarse. Llega en deportivas, saluda y le sacan la muleta de la
furgoneta. Quiere probarla. Es nueva y ocurre como con los zapatos, vale
más haberlos paseado para hacerlos propios. El torero barre las hojas
de la acera con un par de pases. El ocre que salpica el suelo se funde
con el rosa de la tela mientras tiene a Jesús en un escorzo. La mirada
vuelve en corto para dar su conformidad y anunciar el plan. "Bueno,
ducha, lentillas y al lío".
En
la 203 del hostal Can Guillem, Óscar Rodrigo, su mozo de espadas tiene
listos los avíos de la lidia. Sobre la silla frente a la cama, reposa el
traje de luces inerte en espera del chaval que, en un rato, dejará
atrás el título de novillero para doctorarse matador y enfrentarse
entonces a un espectáculo en retroceso, en lucha por resistir a la
crisis económica y los envites de sus detractores.
Rodrigo
repasa la habitación, dispuesto a vestir al torero "de abajo a arriba".
Como suele hacerse, salvo que el diestro en cuestión decida lo
contrario porque una superstición ha mutado en costumbre inamovible.
"Algunos empiezan siempre por el pie derecho, otros no quieren nada
encima de la cama", relata, quien cuenta con sus propias manías: ninguna
habitación con el número 13 y nada de color amarillo.
El
fotógrafo pregunta si es posible encender las luces para evitar
disparar el flash. Lo decidirá el matador. La jerarquía está clara y
además la petición de Alberto encierra también otras supersticiones
recurrentes. Sólo luz natural o cortinas corridas. Jesús sale de la
ducha y no tiene problemas en encender las luces. En realidad, queda en
él el novillero autosuficiente que no precisa demasiada ayuda. Sigue con
la mirada fija más allá de la pared, donde no hay lugar para manías.
Ninguna. Si le apuran quizás que la montera no repose en la cama donde
se tumba para estirar sus músculos sin decir palabra. Termina los
ejercicios y se coloca las medias. Hay que decidir el color del chaleco y
Rodrigo pregunta: "¿Sales con oro o con plata?". Jesús pide opinión a
su banderillero Mario Campillo, que termina de vestirse. "Yo me pondría
oro", responde evocando faenas triunfales con ese color. El mallorquín
refrenda la elección que portará bajo un traje blanco, propio del
debutante y un guiño a la pureza.
El mozo
coloca al torero la castañeta -la coleta postiza con aroma a toreo
pretérito- antes de que Jesús se enfunde la taleguilla. "¿Quieres que te
suba para encajar bien la cruz?". Y Óscar eleva a Jesús con toda la
fuerza de sus brazos hasta que el pantalón se pega al cuerpo. Una vez
apretados los machos y con el corbatín en su sitio, López tira de la
chaquetilla. El ritual, sin pausas, ha necesitado de media hora, casi en
silencio, hasta completar más de una docena de prendas. "¿Calor? ¡Sí,
pero más calor sientes cuando sale el negrito!", confiesa Campillo que
ya tiene montado un altar de vírgenes y budas junto al televisor. Busca
el mando. "Siempre la dejo encendida en La 1; las luces, también". Hasta
el regreso. Jesús sólo se encomienda a la mirada larga. Su amigo
Roberto Chulià, compañero en la Escuela Taurina de Valencia, lo observa
orgulloso desde la puerta. "Estoy más nervioso que él", asegura. Llegan
los apretones de manos. Suerte. Disfrútalo. Mucha suerte. Y Jesús se
marcha sereno a la plaza, con la vista fija en su horizonte interior.

